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Archivos Mensuales: febrero 2010

Yo soy de los que me pongo en la última fila en la Iglesia

Roberto Rey es sacerdote agregado de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Desde hace unos años, es el párroco de Virgen del Camino, una antigua ermita situada en Collado Villalba, un pueblo al norte de Madrid

11 de febrero de 2007

Soy sacerdote agregado de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Nací en Linares, en una familia numerosa –somos cinco hermanos-. Yo pensaba que me iba a pasar toda mi vida en aquel pueblo de Jaén, pero a los doce años trasladaron a mi padre a Madrid y nos vinimos a la capital, donde comencé a estudiar en el instituto público Ramiro de Maeztu, famoso por su afición al baloncesto. A los catorce años, comencé a participar en algunas actividades del club Llambria, una asociación juvenil dirigida por personas del Opus Dei, que quedaba cerca del Colegio. Allí conocí a algunas personas de la Obra y empecé a acudir a algunos medios de formación cristiana.

A mi padre no le gustaba que fuese por ese Club, porque tenía algunos prejuicios sobre la Obra. Pero mi madre le dijo: ¿Pero tú ves a nuestro hijo que sea especialmente rico?; ¿tú crees que nosotros tenemos dinero, influencia o poder? Ahí no puede aprender nada malo, porque es una institución de la Iglesia.

Cuando empecé a estudiar Derecho en la Universidad Autónoma dejé de ir por Llambria, aunque conservaba mi amistad con algunas personas de la Obra. Y así pasó el tiempo hasta que hice un cursillo de cristiandad. Aquellos días me removieron interiormente. Y a partir de entonces comencé a implicarme y a complicarme en algunas asociaciones de la Facultad para defender el derecho a la vida.

Hasta que un día, haciendo un rato de oración, le dije al Señor: ya no puedo más; ya no tengo tiempo para mí; esto me está costando tiempo, dinero y complicaciones….Y tuve una moción interior: No quiero tus cosas, tu calderilla, tu tiempo… ¡Te quiero a ti!

Como el “A tí” me sonó a sacerdocio, me negué rotundamente a esa posibilidad. ¡No! Yo soy de los que me pongo en la última fila en la Iglesia. Jamás he salido a leer una lectura en la Misa. Me da grima salir ahí arriba. Por eso, el sacerdocio no puede ser lo mío. Además, como argumento concluyente, me dije: y me gustan mucho las mujeres… Excusa tras excusa, procuré ir olvidándome del asunto. Pero llevaba esa inquietud dentro del alma.

En ésas estaba cuando un amigo me invitó a una convivencia en Roma durante la Semana Santa, con personas del Opus Dei. ¿Una semana en Roma? ¡Estupendo! Iba con la idea de hacer turismo: muchos paseos, bastantes gelatti, algo de arte… Pensaba acudir a la audiencia con el Papa en el Aula Pablo VI, pero en el orden espiritual, nada más.

Durante la audiencia, como de costumbre, algunos españoles dimos la nota y fuimos adelantando filas sin orden ni concierto. Yo me puse cerca, muy cerca de Juan Pablo II. El Papa tenía una gran vitalidad y no se me olvidarán nunca sus primeras palabras: ¡Queridos jóvenes! No tengáis miedo de entregar vuestra vida a Cristo, porque no estáis solos. Contáis con la Gracia de Dios.

Ya no tenía miedo. Tenía… ¡pánico! Me di cuenta que llevaba dos años regateándole la entrega al Señor. Y aquel día, el domingo de Resurrección de 1988, decidí ser sacerdote. A continuación, fui a ver al sacerdote que venía en nuestro autobús. Pocos días antes le había dicho que no deseaba hablar con él de cosas relacionadas con Dios durante esa semana.

– Don Juanjo – le dije-: quiero ser sacerdote.

Se sorprendió. Pocos días antes le había dicho que no quería saber nada de nada, y ahora, de repente… ¡quería ser sacerdote!.

-¡Sí!, ¡Sí! –le remaché-. Estoy dispuesto a todo: ¡incluso a los quince años de seminario!

Pensaba entonces, no sé por qué, que para ser sacerdote había que estar interno quince años en un seminario. No tenía ni idea. Ni siquiera sabía dónde estaba físicamente el Seminario. Y yo, que había estudiado Ciencias Puras, por no dar Latín, le dije:

– Y además, estoy dispuesto a aprender latín y a tener que estudiar todo en latín.

Él comenzó a explicarme, divertido: no eran quince años, sino siete; y no se estudiaba todo en latín, como pensaba yo; sólo había una asignatura…

– Me da igual –le dije-. Estoy completamente decidido. Y si hay que hacer algún papel aquí en Roma, pues lo hago.

Como se ve, sabía bastante poco de la organización eclesiástica.

Don Juan José me dio algunas ideas básicas: me explicó que no había que “inscribirse previamente en Roma”. Si deseaba ser sacerdote debía ir primero al Seminario de Madrid.

-…y en el Seminario –siguió explicándome, con paciencia- hay un sacerdote que se llama el Rector del Seminario. Cuando volvamos a Madrid, si sigues queriendo ser sacerdote, vamos al Seminario y yo te lo presento. Hablas con él, y él te irá explicando todo lo que tienes que hacer para ser sacerdote. Primero hay un tiempo de discernimiento, en el que te irán conociendo. Y tú irás discerniendo también si esto que sientes ahora es un querer de Dios o no…

Regresé completamente decidido. Luego me he dado cuenta que -como le gustaba recordar a San Josemaría- gran parte de mi llamada al sacerdocio se la debo a la formación cristiana que me dieron mis padres. Ahora, cuando atiendo a algunas familias que vienen por la parroquia, me recuerdan mi propia historia. Cuando me iba a ordenar sacerdote, con treinta años, mi madre, que ya era viuda, me dijo:

-¡Hijo, te voy a contar una cosa que tú no sabes!

Me eché a temblar.

-No te creas que te ordenas sacerdote así como así. Cuando hiciste la primera Comunión y te llevamos a la catequesis, le dije a tu padre: si llevamos al niño a la catequesis, nosotros tenemos que empezar a ir a Misa todos los domingos…

Ahora, en las catequesis de Comunión, procuro hablar con cada uno de los padres y animarles para que den ejemplo de coherencia cristiana a sus hijos. Y son muchos los que responden positivamente.

Siendo seminarista estuve dos años en práctica pastoral en la parroquia de Santa María Micaela en Madrid. Luego continué como vicario parroquial. Desde hace cuatro años estoy en Collado Villalba, en una nueva parroquia: Virgen del Camino. Era una ermita que dependía de la parroquia de Santísima Trinidad. En Collado Villalba, hay 60.000 personas censadas y en verano residen alrededor de 115.000. Se necesitaba una tercera parroquia y hubo que acondicionar el templo y construir un nuevo edificio, con salas para las catequesis, despachos y viviendas para los sacerdotes.

“Nuestro trabajo pastoral se inspira en una enseñanza de Juan Pablo II en la encíclica “Novo millenio ineunte”, en la que proponía que las parroquias fueran escuelas de oración”

Nuestro trabajo pastoral se inspira en una enseñanza de Juan Pablo II en la encíclica Novo millenio ineunte, en la que proponía que las parroquias fueran escuelas de oración. “Para que los alumnos aprendan, hay que abrir las escuelas -pensé-. Entonces lo primero que tenemos que hacer es abrir la parroquia todo el día: desde las 7:30 de la mañana hasta la noche, cerrando sólo a la hora de la comida, para facilitar que muchas personas puedan encontrarse con Jesucristo en el Sagrario y hacer oración”.

Es un gozo ver como, poco a poco, han ido inscribiéndose los niños para la catequesis de Primera Comunión, como han ido llegando los primeros jóvenes para prepararse para la Confirmación, los futuros esposos para los cursillos prematrimoniales…

-¿Oiga, y qué es eso de ser cura? ¿En qué consiste su trabajo?, me preguntan los jóvenes, con un despiste similar al mío cuando tenía su misma edad. Les explico que mi trabajo consiste en ser un puente entre Dios y los hombres: en llevar las cosas de los hombres a Dios y las cosas de Dios a los hombres, muy unido al Obispo diocesano.

Después de aclararles que significa la palabra “diocesano”, sigo explicándoles, de la forma más sencilla posible, acomodándome a su mentalidad, como hizo don Juanjo conmigo- que la tarea de sacerdote diocesano es colaborar con su Obispo en comunión con los Apóstoles en la predicación de la palabra de Dios, en la administración de los Sacramentos de Jesucristo y en el ejercicio de la caridad.

Poco a poco lo van entendiendo; aunque la vida misma vale más que mil palabras. Además de hablarles de la confesión, esos jóvenes ven en la iglesia a sacerdotes confesando todos los días. Y después de recibir el Sacramento de la Reconciliación se van felices, gozosos, por haber recibido el perdón del Señor.

Así se ha ido creando esta gran familia de la parroquia. Queremos que sea como aquella fuente de la que hablaba Juan XXIII. El Papa comparaba la parroquia a la fuente de la aldea, donde van todos los vecinos desde sus casas para recoger el agua que les fortalece en sus actividades cotidianas.

Me alegra ver como grandes y pequeños se van acercando al Señor. Un día de fin de curso vi como una niña, de unos seis o siete años, subía al altar y abría la mochila. Me puse nervioso, porque pensé que iba a sacar unos rotuladores y hacer un estropicio. Pero me detuve al ver que sacaba una hoja y se la enseñaba a la imagen de Cristo Crucificado, diciéndole:

-Señor, son mis notas. Me han quedado tres. ¡A ver como se lo explicamos a mamá!

Le lanzó un beso al Señor con la mano, y se marchó.

 
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Publicado por en febrero 27, 2010 en Uncategorized

 

El valor de la fidelidad en el matrimonio

Por María Ángela Almacellas

D. Alfonso López Quintás, catedrático emérito de filosofía en la Universidad Complutense (Madrid) y miembro de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas, ha resaltado en varias de sus obras el carácter creativo de la fidelidad. Queremos rogarle que clarifique un poco la idea de fidelidad, que juega un papel decisivo en nuestra vida de interrelación.

—¿Es la fidelidad actualmente un valor en crisis? ¿A qué se debe el declive actual de la actitud fiel?       

—A juzgar por el número de separaciones matrimoniales que se producen, la fidelidad conyugal es un valor que se halla actualmente cuestionado. Entre las múltiples causas de tal fenómeno, deben subrayarse diversos malentendidos y se confunde, a menudo, la fidelidad y el aguante.

Aguantar significa resistir el peso de una carga, y es condición propia de muros y columnas. La fidelidad supone algo mucho más elevado: crear en cada momento de la vida lo que uno, un día, prometió crear. Para cumplir la promesa de crear un hogar con una persona, se requiere soberanía de espíritu, capacidad de ser fiel a lo prometido aunque cambien las circunstancias y los sentimientos que uno pueda tener en una situación determinada.

Para una persona fiel, lo importante no es cambiar, sino realizar en la vida el ideal de la unidad en virtud del cual decidió casarse con una persona. Pero hoy se glorifica el cambio, término que adquirió últimamente condición de “talismán”: parece albergar tal riqueza que nadie osa ponerlo en tela de juicio. Frente a esta glorificación del cambio, debemos grabar a fuego en la mente que la fidelidad es una actitud creativa y presenta, por ello, una alta excelencia.       

Si uno adopta una actitud hedonista y vive para acumular sensaciones placenteras, debe cambiar incesantemente para mantener cierto nivel de excitación, ya que la sensibilidad se embota gradualmente. Esta actitud lleva a confundir el amor personal -que pide de por sí estabilidad y firmeza- con la mera pasión, que presenta una condición efímera.       

De ahí el temor a comprometerse de por vida, pues tal compromiso impide el cambio. Se olvida que, al hablar de un matrimonio indisoluble, se alude ante todo a la calidad de la unión. El matrimonio que es auténtico perdura por su interna calidad y valor. La fidelidad es nutrida por el amor a lo valioso, a la riqueza interna de la unidad conyugal.

Obligarse a dicho valor significa renunciar en parte a la libertad de maniobra -libertad de decisión arbitraria- a fin de promover la auténtica libertad humana, que es la libertad para ser creativo. La psicóloga norteamericana Maggie Gallagher indica, en su libro Enemies of Eros, que millones de jóvenes compatriotas rehuyen casarse por pensar que no hay garantía alguna de que el amor perdure. Dentro de los reducidos límites de seguridad que admite la vida humana, podemos decir que el amor tiene altas probabilidades de perdurar si presenta la debida calidad. El buen paño perdura.

El amor que no se reduce a mera pasión o mera apetencia, antes implica la fundación constante de un auténtico estado de encuentro, supera, en buena medida, los riesgos de ruptura provocados por los vaivenes del sentimiento.

—Si la fidelidad se halla por encima del afán hedonista de acumular gratificaciones, ¿qué secreto impulso nos lleva a ser fieles?       

—La fidelidad, bien entendida, brota del amor a lo valioso, lo que se hace valer por su interna riqueza y se nos aparece como fiable, como algo en lo que tenemos fe y a lo que nos podemos confiar. Recordemos que las palabras fiable, fe, confiar en alguien, confiarse a alguien… están emparentadas entre sí, por derivarse de una misma raíz latina: fid.

El que descubre el elevado valor del amor conyugal, visto en toda su riqueza, cobra confianza en él, adivina que puede apostar fuerte por él, poner la vida a esa carta y prometer a otra persona crear una vida de hogar. Prometer llevar a cabo este tipo de actividad es una acción tan excelsa que parece en principio insensata. Prometo hoy para cumplir en días y años sucesivos, incluso cuando mis sentimientos sean distintos de los que hoy me inspiran tal promesa.

Prometer crear un hogar en todas las circunstancias, favorables o adversas, implica elevación de espíritu, capacidad de asumir las riendas de la propia vida y estar dispuestos a regirla no por sentimientos cambiantes sino por el valor de la unidad, que consideramos supremo en nuestra vida y ejerce para nosotros la función de ideal.        

 —Según lo dicho, no parece tener sentido confundir la fidelidad con la intransigencia…       

—Ciertamente. El que es fiel a una promesa no debe ser considerado como terco, sino como tenaz, es decir, perseverante en la vinculación a lo valioso, lo que nos ofrece posibilidades para vivir plenamente, creando relaciones relevantes. Ser fiel no significa sólo mantener una relación a lo largo del tiempo, pues no es únicamente cuestión de tiempo sino de calidad. Lo decisivo en la fidelidad no es conseguir que un amor se alargue indefinidamente, sino que sea auténtico merced a su valor interno.        

Por eso la actitud de fidelidad se nutre de la admiración ante lo valioso. El que malentiende el amor conyugal, que es generoso y oblativo, y lo confunde con una atracción interesada no recibe la fuerza que nos otorga lo valioso y no es capaz de mantenerse por encima de las oscilaciones y avatares del sentimiento. Será esclavo de los apetitos que lo acucian en cada momento. No tendrá la libertad interior necesaria para ser auténticamente fiel, es decir, creativo, capaz de cumplir la promesa de crear en todo instante una relación estable de encuentro.        

Así entendida, la fidelidad nos otorga identidad personal, energía interior, autoestima, dignidad, honorabilidad, armonía y, por tanto, belleza. Recordemos la indefinible belleza de la historia bíblica de Ruth, la moabita, que dice estas bellísimas palabras a Noemí, la madre de su marido difunto: “No insistas en que te deje y me vuelva. A dónde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios; donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán. Sólo la muerte podrá separarnos, y, si no, que el Señor me castigue”.        

—En Iberoamérica y en España parece concederse todavía bastante importancia a la fidelidad conyugal. ¿Cómo se conjuga esto con la crisis del valor de la fidelidad?       

—En estos países todavía se conserva en alguna medida la concepción del matrimonio como un tipo de unidad valiosa que debe crearse incesantemente entre los cónyuges. De ahí el sentimiento de frustración que produce la deslealtad de uno de ellos. Esto no impide que muchas personas se dejen arrastrar por el prestigio del término cambio, utilizado profusamente de forma manipuladora en el momento actual.

—¿Puede decirse que lo que está en crisis actualmente son las instituciones a las que se debiera tener fidelidad?

—Exige menos esfuerzo entender el matrimonio como una forma de unión que podemos disolver en un momento determinado que como un modo de unidad que merece un respeto incondicional por parte de los mismos que han contribuido a crearla. Este tipo de realidades pertenecen a un nivel de realidad muy superior al de los objetos. Hoy día vivimos en una sociedad utilitarista, afanosa de dominar y poseer, y tendemos a pensar que podemos disponer arbitrariamente de todos los seres que tratamos, como si fueran meros objetos. Esta actitud nos impide dar a los distintos aspectos de nuestra vida el valor que les corresponde. Nos hallamos ante un proceso de empobrecimiento alarmante de nuestra existencia.       

Por eso urge realizar una labor de análisis serio de los modos de realidad que, debido a su alto rango, no deben ser objeto de posesión y dominio sino de participación, que es una actividad creadora. Participar en el reparto de una tarta podemos hacerlo con una actitud pasiva. Estamos en el nivel 1 de conducta. Participar en la interpretación de una obra musical compromete nuestra capacidad creativa. Este compromiso activo se da en el nivel 2. Para ser fieles a una persona o a una institución, debemos participar activamente en su vida, crear con ella una relación fecunda de encuentro –nivel 2–. Esta participación nos permite descubrir su riqueza interior y comprender, así, que nuestra vida se enriquece cuando nos encontramos con tales realidades y se empobrece cuando queremos dominarlas y servirnos de ellas, rebajándolas a condición de medios para un fin.       

—Al analizar la cuestión de la fidelidad, volvemos a advertir que la corrupción de la sociedad suele comenzar por la corrupción de la mente…       

—Sin duda. Es muy conveniente leer la Historia entre líneas y descubrir que el deseo de dominar a los pueblos suele llevar a no pocos dirigentes sociales a adueñarse de las mentes a través de los recursos tácticos de la manipulación. Si queremos ser libres y vivir con la debida dignidad, debemos clarificar a fondo los conceptos, aprender a pensar con rigor, conocer de cerca los valores y descubrir cuál de ellos ocupa el lugar supremo y constituye el ideal auténtico de nuestra vida

 
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Publicado por en febrero 22, 2010 en Uncategorized