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Pregunta del padre Marion sobre los divorciados que ha vuelto a casarse:

18 Abr

Card. Cristoph Schönborn

La alegría de ser sacerdote (Siguiendo al Cura de Ars)

    “Soy cura en Hautes-Vosges, pero estuve durante treinta y tres años en París, como capellán de los centros pedagógicos Madeline Daniélu fundados por la madre del cardenal Daniélu. Trabajé igualmente durante todo ese tiempo en la Radio Notre-Dame para la emisión Escucha en la noche. Una de las grandes gracias de mi vida es haber animado la vigilia en el Parc des Princes de unos cincuenta mil jóvenes con Juan Pablo II en 1980. Mi pregunta concierne a la misericordia: en nuestras parroquias, se nos pide ir hacia los más pobres, la Iglesia conciliar pidió que estemos atentos a los más pobres. Los más pobres no son solamente quienes no tienen medios para vivir, los excluidos, sino que para mi, porque lo veo constantemente, también son aquellos a quienes no les fue bien en el amor, los que encontraron dificultades en la vida de amor que habían comenzado, en el hogar que crearon. Para mí es un dolor profundo, tanto más si participan de la vida parroquial: tengo tres divorciados vueltos a casar que vienen a misa, van a comulgar también porque vinieron a verme. Para ellos es una necesidad y un ejemplo que dan a sus hijos. Ante este grave problema, quisiera tener algunas aclaraciones, si usted pudiera ayudarnos para tratar con misericordia a aquellos que tienen a menudo un corazón desgarrado, que quieren rehacer una vida a veces de mayor amor que la primera”.

 

    Me alegra poder compartir con ustedes este tema, aun cuando me encuentro ante las mismas perplejidades que ustedes. En Austria es muy común, entonces puedo decírselo con total simplicidad; yo mismo vengo de un hogar deshecho. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía 13 años. Se conocieron durante la guerra, durante exactamente tres días; mi padre estaba en el frente y sentía deseo completamente comprensible de tener a alguien en la casa mientras se encontraba en Stalingrado. Después de la guerra, pronto se dio cuenta de que ese hogar no había sido construido sobre bases sólidas; duró sin embargo hasta 1958. Puedo hablar entonces de esta realidad que conozco en propia carne, realidad que me rodea igualmente por todos lados, como a la mayoría de ustedes, al menos en nuestros países europeos o de América del Norte. América Latina conoce esta realidad muy similar, porque cuántos son los hombres que tiene tres o cuatro familias con las cuales viven en situaciones muy desordenadas. En todas partes, nos encontramos con dificultades en relación con esta realidad fundamental de la vida humana desde la primera página de la Biblia, que es la unión del hombre y la mujer para formar la familia, la transmisión de la vida.

    Los invito en primer lugar a una mirada de misericordia. Ustedes conocen esas biografías complejas, esas “patchwork families”, familias ensambladas.

    Acabo de tener un largo diálogo con un señor que está en su cuarto matrimonio, que tiene hijos de los tres primeros matrimonios. El cuarto matrimonio es finalmente un matrimonio que le salió bien, están juntos desde hace diecisiete años, y acaba de descubrir la fe luego de varios años. Se siente feliz de haber descubierto la fe en su vida, pero detrás de esto está el fracaso de sus tres primeros matrimonios. ¿Qué hacer con esa persona que finalmente descubre a Jesús, descubre la fe y está plenamente integrado en la parroquia? Esto es lo que pregunta: “ahora soy creyente, ¿puedo participar plenamente en la vida de la Iglesia con la recepción de los sacramentos?”.

    Creo que lo primero que hay que ver es que nosotros somos familias creyentes, familias unidas, somos la excepción en nuestra sociedad, no somos el caso normal. La normalidad en la ciudad de Viena es el divorcio, los nuevos matrimonios, las patchwork families, o más bien no volver a casarse regularmente. En Francia, gracias a los PACS, existe el matrimonio ligth; no son tanto las parejas homosexuales las que utilizan el PACS en Francia, sino la gente que elige un matrimonio más liviana, porque tienen miedo al peso del matrimonio, a sus obligaciones, al fracaso.

    Si viven muchas cosas buenas en esas patchwork families, en esas familias ensambladas. La primera condición para nosotros, sacerdotes, es no tener una mirada que juzga, sino una mirada de compasión por esos cónyuges o parejas que están en su tercera, cuarta, quinta vida en común, que tienen hijos por aquí y por allá, que vivieron abortos… No los olvidemos: se vive mucha generosidad en esas familias ensambladas, y no solamente en nuestras buenas familias que andan bien. Hay que mirar la caña que no se quiebra, la vela vacilante (cf Mt. 12,20) en esas situaciones de vida tan desordenadas desde un punto de vista objetivo. ¡Si no cambiamos nuestras miradas sobre esas situaciones, nos transformamos en secta! Somos una minoría y los matrimonios que duran –al menos en nuestras grandes aglomeraciones, pero también muy a menudo en el campo- que llevan una vida cristiana y comprenden el sacramento del matrimonio son una pequeña minoría. El número de matrimonios religiosos bajó de manera drástica.

    ¿Cómo vivir esa situación? Yo desarrollé para nuestros sacerdotes en nuestra diócesis un programa de cinco puntos: “Cómo acompañar espiritualmente, cristianamente, humanamente, a las parejas de divorciados-casados nuevamente”. Este tipo de cuadro de lectura, pasos de un proceso que puede terminar en una verdadera conversión, una verdadera renovación de la vida de fe:

  1. La mirada de Jesús sobre los pobres y los pequeños. ¿Quiénes son los pobres en esta situación de las patchwork families? No son quienes se han vuelto a casar, éstos han encontrado una nueva pareja, humanamente hablando, fuera de las reglas de la Iglesia, están ya en una situación en la que se pueden recuperar. Las primeras víctimas de nuestros divorciados son los niños. A quienes gritan con fuerza: “¡Oh! La Iglesia es dura con los divorciados que se han vuelto a casar”, les digo siempre: “¡No! La Iglesia se compadece de los hijos”. ¿Dónde está el lobby, el grupo de presión a favor de los hijos de los divorciados? ¿Dónde está la voz de la opinión pública que dirá: “las primeras víctimas son los niños”? Tienen papá y mamá, luego de golpe, tiene un “tío”, una “tía”, la compañera del papá, el compañero de la mamá, y ¿cuántas veces los divorciados colocan el peso de su conflicto matrimonial sobre las espaldas de sus hijos? Encuentro que hay allí un pecado grave, que, por nuestra parte, tenemos que recordar: “no hagan pesar sobre sus hijos sus propios conflictos. Sus hijos no deben ser rehenes de sus discusiones. Si los toman como rehenes, es un crimen para las almas de sus pequeños”. Cuando digo eso en una asamblea parroquial, se hace siempre un gran silencio. ¿Dónde está la misericordia por los hijos? Entonces, mi primera pregunta a los divorciados que se han vuelto a casar es esta: “¿Cuál es la situación de sus hijos? ¿Los hicieron sufrir con sus conflictos? ¿Qué daño les causaron? ¿Hicieron penitencia, han pedido perdón a Dios y a sus hijos por los perjuicios que les causaron?”. La mayoría de los niños sueña, consciente o inconscientemente, con que el hogar de sus padres se rehaga –yo sé de lo que hablo- aunque en su cabeza saben que eso no pasará nunca.
  2. ¿Qué sucede con aquellos que se quedan al margen, que no encuentran otra pareja. El divorcio crea soledades. Cuando uno se divorcia, no es automático que ella encuentre una nueva pareja, é quizás más fácilmente, pero ella se queda con los chicos. ¿Cuántas mujeres, pero también hombres, en nuestra sociedad, se quedaron al margen porque su pareja los dejó? Seguramente ustedes hablaron con vagabundos alguna vez, hombres y mujeres en la calle, sobre todo hombres de la calle. Pregúntenles cómo llegaron a eso, es casi siempre el mismo modelo: un divorcio, deben dejar el hogar, no tienen departamento, deben pagar la pensión de los hijos por alimentos, no les alcanza, están desorientados porque se encuentran sin hogar, comienzan a beber si ya no bebían antes y terminan como vagabundos. ¿Cuántas mujeres se quedan solas porque su pareja, su marido, las dejó para quedarse con una más joven? Nuestra sociedad está llena de la soledad de quienes se quedaron colgados, víctimas de un divorcio. ¿Quién habla de ellos? El Evangelio está siempre del lado de los más débiles, de los pequeños, deberíamos llegar a ser los paladines, el lobby, los defensores de esos pobres solitarios que quedan, que no encuentran pareja. ¿La Iglesia no tiene misericordia con los divorciados que se han vuelto a casar? Muy a menudo el divorcio es una obra terrible de destrucción, incluso desde el punto de vista económico. Hay estudios apasionantes, sobre las dramáticas consecuencias económicas de los divorcios. ¿Cuántas pequeñas empresas se deshicieron que al mismo tiempo que las familias, que las llevaba adelante? ¡No! No se puede decir que la Iglesia no tenga misericordia si Ella mira a las víctimas: los hijos la pareja. ¿Ha habido al menos un esfuerzo de reconciliación con la compañera, compañero que se queda al margen, que se queda solo? ¿Qué quiere decir tener acceso a los sacramentos, si queda ese sufrimiento sin reconciliación, sin al menos un esfuerzo de reconciliación?
  3. La culpabilidad existe siempre en la historia de divorcio. ¿Las parejas han hecho un esfuerzo para llegar al perdón mutuo, o al menos a un comienzo de perdón, aunque más no sea para parar la guerra? ¿Cómo construir una nueva relación, una nueva unión sobre el odio, que quedó del primer matrimonio, un odio a veces empedernido? Nosotros que acompañamos a los divorciados, que se volvieron a casar, debemos hacer ese esfuerzo con ellos: “¿Hizo usted al menos un paso hacia su pareja, su marido, su esposa, después del divorcio?”.
  4. En nuestras comunidades tenemos familias, matrimonios que se mantienen juntos heroicamente, contra viento y marea, porque se han prometido fidelidad, porque creen en el sacramento. ¿Qué signos les damos nosotros los sacerdotes, los pastores, que hablamos todo el tiempo de esos. “Pobres divorciados que se han vuelto a casar”? Es verdad que debemos tener compasión por estos últimos, pero atención, no olvidemos darles aliento, reconocimiento, gratitud a los matrimonios que duran, porque tienen fe. Escuche el hermoso testimonio de un diácono, que recibió de su obispo la misión de ocuparse de los divorciados que se han vuelto a casar y de las parejas con dificultades cercanas al divorcio. Él atestigua que, por medio de un proceso de acompañamiento el Señor puede salvar matrimonios, parejas. Si en nuestras comunidades se pusieran más de relieve las personas que, de manera heroica defienden la fidelidad de su matrimonio y dan un ejemplo de lo que es la fidelidad de Dios hacia nosotros, eso animaría a los jóvenes, a no se pararse enseguida, desde la primera dificultad, y a los menos jóvenes a resistir. ¿Cuántas veces vemos divorcios después de 25 años o hasta 40 años? ¡Acabo de vivir el divorcio de un diácono permanente, prácticamente el día de sus 25 años de matrimonio! ¿Qué importancia le damos a quienes permanecen fieles a las promesas de sus matrimonios? ¿Y qué le decimos a los divorciados que vuelven a casarse, si se lamentan de la dureza de la Iglesia? ¿Podríamos seguir marchando con ellos diciéndoles: “Miren a tal pareja que ustedes ven en nuestra comunidad, en nuestra parroquia, se mantienen firmes a pesar de todas las dificultades, ustedes no pudieron, fue un fracaso, pero al menos no acusen a la Iglesia de no tener misericordia, acúsense ustedes mismos en primer lugar y pidan la misericordia de Jesús, para ustedes y para todos aquellos que sufren a causa de su divorcio y de su nuevo matrimonio”.
  5. Siempre les digo a los divorciados que se han vuelto a casar: “aún cuando llegaran a una declaración de nulidad de su matrimonio, aunque su cura los admitiera, con dudas sin embargo, a recibir los sacramentos, porque su segundo matrimonio es una nueva realidad, porque ustedes tienen el deseo profundo de unirse a Jesús por el sacramento, en lo más profundo de su corazón: ¿Cómo están ustedes ante Dios, en su conciencia, en su corazón profundo? No se puede engañar a Dios, no se puede presentarle falsos pretextos”. Sé que es muy difícil saber cómo manejar esas situaciones, estos son los dos extremos que debemos evitar; en una diócesis vecina, un sacerdote puso un gran cartel sobre su iglesia: “Aquí todo el mundo puede comulgar”. No es una actitud pastoral, ni la actitud de un buen pastor, es una misericordia falsa porque hay que avanzar lentamente, todos tenemos necesidad de conversión. El otro escollo, es decir, que no hay ninguna solución para los divorciados que se han vuelto a casar; en ningún caso y nunca es la regla y hay que seguirla, es así, no hay nada que hacer. Eso tampoco es correcto. Hay que mirar cada situación de cerca como pastor. Sé que es muy difícil y muchos sacerdotes me dicen: “¡Padre Obispo denos reglas claras!” es decir, si: seguimos la regla de Jesús, el Evangelio, es muy claro. Un día estuve de visita en una parroquia y un señor se acerca a mí con mucha agresividad: “porque la Iglesia es tan dura, no tiene misericordia con los divorciados que se vuelven a casar”. “Querido amigo –le respondí yo- a la Iglesia le gustaría tanto tener una solución a ese problema. Pero hay por allí un cierto Jesús de Nazaret que dijo algunas palabras sobre ese tema, ¡qué dificultad!” Le cite entonces simplemente la palabra de Jesús: “Quien se divorcia de su mujer y se casa con otra comete adulterio”(Lc. 16, 18; Mc. 10, 11; Mt. 19,9). El hombre se quedo pálido y en silencio, esa palabra le toco directamente el corazón: “Ese hombre eres tú, Jesús te lo dice, rompiste la promesa de fidelidad que habías hecho”. Si llega ese momento allí la misericordia tomo su lugar: no puede situarse si no es antes la verdad. En la mentira la misericordia no tiene su lugar, mientras nos mantenemos en la acusación de los demás, la misericordia de Jesús no tiene lugar.

Hay entonces que ver en primer lugar si hay un camino de fe, conozco divorciados vueltos a casar –di un ejemplo en mi libro sobre la eucaristía- que aceptan esa situación de no poder confesarse, ni comulgar, por fidelidad a la enseñanza de la palabra de Jesús. Conté un hermoso ejemplo de una familia de campesinos, que conozco bien en nuestra diócesis, tienen 8 hijos, están divorciados y han vuelto a casarse. Los padres no se acercan nunca a los sacramentos, pero los hijos cuando van a comulgar dicen: “Mamá hoy yo voy por ti”. Cuando le pregunté: “¿Tiene usted la nostalgia de recibir la comunión?”, la mamá me contesto: “Seguro una gran nostalgia, pero cuando la gente de la parroquia me dice que hoy la Iglesia es más liberal y que yo podría comulgar a pesar de todo, le contesto: ocúpense ustedes más bien de quienes podrían comulgar y no comulgan y déjenme en paz”.

Son ejemplos heroicos y creo que es importante animarlos en su caminar que es una bendición para la Iglesia.

    Pero existen también quienes no llegan a una comprensión tan profunda. A menudo sufren profundamente por saberse excluidos de los sacramentos. Entonces las preguntas se hacen apremiantes, los pedidos insistentes: ¿no hay vías de reconciliación, cuyo matrimonio fracaso? Se nos propone “la solución” de las iglesias ortodoxa que aceptan hasta tres uniones con divorcio y nuevo matrimonio (aunque los nuevos casamientos no son considerados como plenamente sacramentales). La Iglesia católica no aprobó nunca esa práctica, ella mantiene fielmente la unicidad del matrimonio, y su indisolubilidad es un valor tan grande para el mundo, para la familia, para los hijos y para la pareja, que hay que mantenerse firmen y fieles a la palabra de Jesús: “Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”.

    No puedo darles una solución, una receta, para los numerosos casos de divorcios y de nuevos matrimonios. Pero les recomiendo los cinco puntos como un proceso de conversión y reconciliación. Y ese llamando a la conversión nos toca a todos. Ante aquellos cuyo matrimonio fracaso la palabra de Jesús, debe alcanzarnos: “El que no tenga pecado que tire la primera piedra” (Jn. 8,7).

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Publicado por en abril 18, 2010 en Uncategorized

 

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