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Manifestando superficialidad

06 May




por Theodore Darlrymple.

 

Recientemente fui consultado en una cárcel en la que trabajo como psiquiatra por uno de los internos que se presentaba como un orgulloso padre de dos hijos. Le pregunté si los seguía viendosé por experiencia que el trato continuo entre los padres presos y sus hijos constituye más bien la excepción a la regla. En lugar de contestarme directamente, se remangó y me indicó dos tatuajes en su antebrazo, dos corazones con sendos carteles con los nombres de sus hijos. Supongo que resulta innecesario agregar que eran dos tatuajes entre muchos más. Hacía años que no veía a ninguno de sus dos hijos y tampoco había contribuído un céntimo para su mantenimiento. En verdad, la idea misma le era tan completamente extraña como lo es en el imaginario de la mayoría de la población carcelaria, que ni siquiera se le ocurrió, ni siquiera por un instante. Pero por otra parte estaba obviamente convencido de que sus tatuajes eran signo de un genuino cariño por los suyos. Sus nombres estaban grabados, si no exactamente sobre el corazón, por lo menos sobre corazones dolorosamente grabados sobre su piel, y uno podía fácilmente imaginar una conmovedora escena en la que el hombre, ya en su su lecho de muerte y finalmente reunido con sus hijos, les mostraría los tatuajes como prueba de que en realidad nunca los había olvidado ni abandonado. Probablemente ellos habrían aceptado esto como verdadero y de ese modo perdonarlo de paso por haber faltado a su deber de padre.

 

De hecho más del 95% de los presos de raza blanca en Inglaterra están tatuados. La asociación estadística entre el tatuaje y el crimen es considerablemente más estrecha que ningún otro de los factores que convencionalmente se investigan tales como familias destruídas, la droga, poca inteligencia o escasa educación. En base a los tatuajes, puedo adivinar los antecedentes criminales de cualquiera: en Inglaterra, por ejemplo, quien ha sido encerrado antes de los veintiún años, generalmente ostenta un punto azul sobre uno de sus pómulos, el equivalente criminal de la vieja corbata de colegioy una sorprendente mayoría de los traficantes de droga en pequeña escala exhiben una hoja de cannabis tatuada en algún lugar prominente de sus personas (a veces sobre la cara o el cuello), una pista que el mismísimo Doctor Watson podría descifrar sin dificultad alguna.

 

Así es que los tatuajes en la sociedad moderna constituye un tema de interés y mayor significación de lo que pudiera parecer a primera vista, un asunto sobre el que vale la pena reflexionar y un posible punto de partida para calibrar cómo está el alma del hombre moderno. El libro que comento (escrito por Margo DeMello, Bodies of Inscription: A Cultural History of the Modern Tattoo Community) ofrecemuchas veces sin proponérseloalgún material para tal ejercicio. La misma autora, una antropóloga, pertenece a “la comunidad del tatuaje”, esto es, se ha tatuado muchas veces, lee ávidamente las revistas que se ocupan del tema y ocasionalmente participa de congresos sobre tatuajes. Por tanto, su libro puede considerarse como perteneciente al género de “participantes-observadores”. Pese al subtítulo ominosamente desconstruccionista, el libro está escrito con claridad y sin jerga. Esto sólo amerita nuestra gratitud aun cuando sus ideas son generalmente superficiales y que el lector no puede contar con que se lo guíe para elucidar los significados más profundos de las cosas que describe.

 

El libro se ocupa en buena parte de un fenómeno comparativamente reciente: la expansión de la moda del tatuaje en las clases medias de Estados Unidos. Pero es un fenómeno mundial. Hubo un tiempo en el que los tatuajes eran un adorno del cuerpo propio de las clases proletarias y que las clases medias consideraban como simbólico del salvajismo, mal gusto e irresponsabilidad de las clases más bajas (en verdad, muchas veces la decisión de tatuarse se tomaba cuando borracho, en compañía de otros ebrios). Así, cuando alguien educado se tatuaba, instantáneamente se rebajaba de claseun descenso en la escala social más precipitado y serio que, por ejemplo, un matrimonio contraído con alguien de clase inferior, en la medida en que los tatuajes duran más y son más difíciles de borrar que casamientos desafortunados.

 

Actualmente el tatuaje se infiltra en la sociedad como tinta en papel secante. La primera vez que me dí cuenta de la extensión del fenómeno fue cuando comencé a advertir en el hospital en el que trabajo que cada vez había más mujeres jóvenes exhibiendo tatuajessiendo que hasta entonces había sido un fenómeno exclusivamente masculino. Al principio, sus tatuajes eran pequeños y en las secciones de su anatomía ocultas por la ropa; pero gradualmente estos ensayos progresaron en la dirección de los salvajes tatuajes masculinos, con manifestaciones cada vez más prominentes y descaradas.

 

Una vez cruzado el golfo que separa los sexos, el tatuaje comenzó a remontar la escala social. Jóvenes celebridades empezaron a aparecer con tatuajes en las fotografías de revistas de moda y diarios y poco después comencé a notar que mis estudiantes universitarios también los ostentaban. Unos pocos años atrás, esto habría sido impensable. Tal vez el non plus ultra de esta tendencia ocurrió cuando una joven perteneciente a la familia real británica mostró en público un piercing en la lengua (el piercing no es sino un fenómeno concomitante con el del tatuaje).

 

Con todo, de acuerdo a la autora de este libro, el tatuaje en las clases medias difiere del de las clases proletarias. Este último es formulario; cuando se lo aplica con aguja y tinta china, generalmente consiste en símbolos sencillos o siglas tales como (en Inglaterra) ACAB, que puede alternativamente significar “Todos los canas son unos bastardos” (“All Coppers Are Bastards”) o “Ten siempre contigo una Biblia” (“Always Carry A Bible”), lo que será explicado de una u otra forma dependiendo del momento en que se formula la pregunta: antes o después del arresto. Los tatuajes efectuados por profesionales para las clases proletarias son igualmente de cajón: el cliente simplemente elige entre uno de varios diseños que se le exhiben en el local.

 

Pero si los tatuajes entre la gente de clase baja son prediseñados, los de las clases medias son efectuados de acuerdo a los requerimientos de los clientes por quiénes la autora de este libro insiste en llamar “artistas”. Desde luego, resulta perfectamente cierto que los tatuadores a veces despliegan un sorprendente talento en la producción de imágenes sobre o en la piel de sus clientesimágenes de verosimilitud fotográficae incluso muchos de ellos se han graduado en escuelas de artes, pero el talento solo, no importa cuán avanzado y refinado, no alcanza para constituir a un artista. Pensar semejante cosa equivale a confundir la condición necesaria con la suficiente; en verdad hay pocas cosas peores que ver un gran talento al servicio del mal gusto y la barbarie.

 

En cualquier caso, la originalidad en los diseños elegidos por gente de clase media es cosa bien relativa. La iconografía es harto limitada y deprimente: nos recuerda al “arte” del presopor bien ejecutado que esté, siempre es violento, crudo, chillón y brutal. Es una exhibición visual de la superstición moderna, la superstición de gente con encendidas emociones pero de inteligencia débil, que disponen de referencia históricas y culturales sumamente limitadas.

 

¿Por qué las clases medias de hoy en día se adornan con esta moda tan salvaje? La autora lo infiere no sólo de su propia experiencia sino de la de los tatuadores y sus clientes. Ella cree que los tatuajes tienen un significado filosófico para quiénes los ostentan. La filosofía en cuestión constituye una infusión destilada en una caldera de brujas, mezcla de espiritualismo de la “New Age”, más paganismo ecológico, más rescate del primitivismo y algo de vegetarianismo. Es la clase de filosofía que emerge cuando la religión ya no se ve disciplinada por el ritual tradicional que se mantiene presión social mediante.

 

Claro que resulta perfectamente posible ser vegetariano o incluso creer en brujerías, sin por eso tener que acudir a un negocio de tatuajes. ¿Qué es lo que hace que estos individuos elijan someterse al doloroso, caro y virtualmente irrevocable proceso de tatuarse? Habiendo consultado a un número no especificado de tatuados pertenecientes a la clase media, la autora identifica distintos motivostodos los cuales se me antojan como altamente reveladores de la poco halagadora condición del alma del hombre moderno. Constituye una curiosidad constatar que Anthony Daniels (Theodore Dalrymple es pseudónimo) se confiesa ateo o no-creyente

 

En primer lugar está la afirmación de la individualidad. Uno de los entrevistados por la autora dice que,

 

Al tatuarme me separo de todos los demás. Nadie tiene nada parecido a lo mío. Me hace sentirme distinto de Juan Pérez el de la calley bueno, me hace un ruido muy especial.

 

Esto resulta infinitamente triste. Que la originalidad de la personalidad de alguien dependa de un signo tan crudamente exterior como lo es un tatuaje resulta ser, de hecho, un claro indicio de la fragilidad de la identidad de ese sujeto. A la vez, semejante personaje debe sentirse abrumado por la urgente necesidad de individualizarse de la cantidad de gente a su alrededor que hacen que eso mismo resulte tan difícil. Y en esta época de famosas y famosos, cuando la celebridad y notoriedad pública parecen ser el último fin de tantos, esta necesidad de individualizarse parece más urgente que nunca siendo que la adulación pública pareciera ser la única garantía real de una existencia verdadera. Pero en esto se pasan de la raya.

Porque claro, semejantes signos exteriores de la individualidad en forma de tatuajes son la confesión misma de una derrota. Nunca se demorará demasiado la aparición de otro que se habrá tatuado de una manera más sorprendente aún, de una manera más “original” (en verdad, en las convenciónes de este tipo, suelen otorgarse premios al tatuaje más singular o “único”). Y es que existe una razón más profunda por la que semejantes esfuerzos en afirmar la originalidad de la propia personalidad están patéticamente destinados al fracaso: la verdadera personalidad no se genera a partir de la decisión de ser original. Un hombre que decidiera convertirse en un excéntrico y que en consecuencia se comporta extravagantemente no es, en absoluto, un excéntricoes un actor, y las más de las veces, un mal actor. Un excéntrico verdadero es un hombre que se comporta excéntricamente sencillamente porque ni siquiera se le ocurre que podría comportarse de otro modo.

 

Otra importante razón invocada por quiénes se tatúan tiene que ver con el “crecimiento personal”. Se dice que confiere como un halo de autoridad. Una mujer que había pasado por un mal matrimonio confesó que se había tatuado un lobo.

 

Terminé por tatuarme este lobo, que para mí significaba poder y fuerza por sobre los abusos que sufrí a lo largo de mi vida. Me confería una sensación de libertad… Lo quería… para convertirme en mí misma.

 

Otra mujer dijo que su tatuaje era algo que había hecho, algo que ella había engendrado, como si el hecho de que fuera propio resultaba garantía suficiente de su valor.

 

Lo que llama la atención acerca de estas narraciones de tatuados es su vacuo egoísmo. Los entrevistados hablan, y aparentemente piensan, en términos de psico-charlatanería (psychobabble), ese envilecido e impreciso lenguaje vagamente intimista que le permite imaginar a quien así se expresa que está desnudando su alma cuando en realidad lo único que está haciendo es poniendo de manifiesto su superficialidad. De esto la autora de este libro no se da cuenta, perteneciendo como pertenece a la “comunidad” de los que se tatúan. Uno no puede sino sentir lástima por quiénes piensan que con desfigurarse de modo permanente de algún modo están afirmando su independencia o expresando su individualidad. El tatuaje tiene un sentido profundo: la superficialidad del moderno.

 

A la autora se le pasa enteramente desapercibida la significación cultural del hecho de que más y más gente de clase media resuelve tatuarse, aun cuando una de sus entrevistadasuna profesora universitariale da una pista más que elocuente:

Me estaba diciendo, “A la mierda con la universidad, me importa un carajo si te enteras que tengo un tatuaje”. Fue por entonces que también adopté varios “piercings” para expresar la bronca que me da esta comunidad… Sabía que los Londres haría enojar con eso, lo que me produjo no poco placer.

 

Aquí vemos un ejemplo de las consecuencias corporales de un clima intelectual que durante mucho tiempo viene exaltando y alabando toda rebelión o subversión del orden existente como la única postura ética y honorable concebible. Desde luego, semejante actitud refleja una falta absoluta de sentido histórico que desconoce los logros del pasado y sólo quiénes viven en un eterno y egoísta presente perpetuo podría adoptarla. Así, el tatuaje es la forma artística del vándalo cultural y no constituye ninguna casualidad que, como decían los marxistas, los puntos de vista del vándalo cultural se expresan casi sin excepción en términos inarticulados y de una vulgaridad quasi sub-humana.

 

Tampoco constituye un accidente el hecho de que algunos de las clases medias hubiesen adoptado una forma de adorno coporal típicamente proletaria como emblema no sólo de independencia, sino también de virtud liberal. Estos creen que un tatuaje los establece como gente tolerante, de mente abierta y con simpatía por los que están debajo en la escala social: las virtudes más elevadas que pueden concebir. Así, el tatuaje resulta seductor para el tipo de moderno burgués que cree que ser malhablado y recurrir permanentemente a malas palabras es un signo seguro de pureza de corazón, o por lo menos, de sinceridad.

 

Por supuesto que semejantes antinomias (en sí mismas tan cansadoramente burguesas) tienen resonancias de lata. Me recuerdan un obituario de una estrella del rock recientemente publicado en The Daily Telegraph (el sólo hecho que este diarioque otrora habría sido la lectura favorita de un almirante retirado leyendo en su clubse ocupe de publicar obituarios de estrellas de rock, es en sí mismo, otro significativo signo de las modas culturales del momento). Según el obituario, este sujeto se había irritado de tal modo con lo que consideraba la falsa calidad del patriciado que asistía a su colegio, que resolvió adoptar desde entonces y para siempre el lunfardo de los barrios bajos de Londres. En otras palabras, adoptó, en nombre de la autenticidad, una forma de lenguaje que no era la propia y que no le era connatural. El destino de todos los que imitan a otros para alcanzar la autenticidad es la de vivir una mentira.

 

Por lo demás, el burgués que así se tatúa, está, tal como lo indica el libro que comentamos, tan ansioso de distinguirse del proletario verdadero como el de identificarse con él. Así, el tatuaje es al moderno burgués, lo de María Antonieta jugando a ser pastora. La mujer cuya tatuaje se suponía debía expresar “a la mierda” como expresión dirigida contra su universidad, en realidad no quería convertirse en la portera del edificio, y probablemente tampoco sabría comunicarse con ella. Los igualitaristas suelen tener un sentido jerárquico sumamente acendrado.

El libro que comentamos, Bodies of Inscription, constituye un superficial análisis de un fenómeno de significación cultural considerable. Con todo resultará de sumo interés para los que saben leer entrelíneas.

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Publicado por en mayo 6, 2010 en Uncategorized

 

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